martes, 23 de abril de 2013

DIA A DIA




                                             

La muchacha de la rosa le decían, porque su hombro izquierdo lucía un tatuaje de flor sobre su cuerpo. También la conocían como la mujer de los cacharros, porque era ceramista y día a día, creaba ánforas que contenían sueños y pesadillas, espíritus desconocidos encerrados en las paredes de barro, que se volvía dura arcilla al calor del horno que la cocía. Caía la tarde y ella salía con su bolso cargado de jarrones, macetas, ceniceros y mil formas más, que surgían de sus manos y se materializaban en el fuego de su propio infierno, al calor de la vida. Luego, mientras andaba por la ciudad recorriendo calles y lugares diferentes, sitios nuevos y viejos, en cada uno de ellos y cada tanto, dejaba sobre la baldosa o el pavimento como si se hubiera perdido, uno de los objetos que llevaba y alegre después, seguía su camino. Era su forma de ser, de entregar  lo que hacía, de esa manera se reconocía productora de mercadería que no se vendía, tan solo se perdía -o así parecía- para que otro la encontrara y la haga suya, eso al menos ella decía, mientras caminaba y dejándolo olvidado en cualquier lado, entregaba a los demás lo que día a día en su vida construía.

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