La muchacha de la rosa le decían, porque su hombro izquierdo lucía un
tatuaje de flor sobre su cuerpo. También la conocían como la mujer de los
cacharros, porque era ceramista y día a día, creaba ánforas que contenían
sueños y pesadillas, espíritus desconocidos encerrados en las paredes de barro,
que se volvía dura arcilla al calor del horno que la cocía. Caía la tarde y
ella salía con su bolso cargado de jarrones, macetas, ceniceros y mil formas
más, que surgían de sus manos y se materializaban en el fuego de su propio
infierno, al calor de la vida. Luego, mientras andaba por la ciudad recorriendo
calles y lugares diferentes, sitios nuevos y viejos, en cada uno de ellos y
cada tanto, dejaba sobre la baldosa o el pavimento como si se hubiera perdido,
uno de los objetos que llevaba y alegre después, seguía su camino. Era su forma
de ser, de entregar lo que hacía, de esa
manera se reconocía productora de mercadería que no se vendía, tan solo se
perdía -o así parecía- para que otro la encontrara y la haga suya, eso al menos
ella decía, mientras caminaba y dejándolo olvidado en cualquier lado, entregaba
a los demás lo que día a día en su vida construía.
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